Sentirse avalados y alabados por la Creación

 

El ser se hace espeso… cuando su protagonismo se hace denso. 

Cuando su protagonismo se hace propio… y no se abre al entorno. 

Cuando su personalismo se hace absoluto y... deplora lo que le rodea. 

Se hace denso y espeso cuando desprecia la ligereza por considerarla superficial; prefiere la espesura y la densidad de los daños, prejuicios, temores, rabias, descontentos, obligaciones...

Sí; algo que existe, pero que no es la esencia del ser como presencia en el Universo. Es algo promovido por el ser... en un momento de su historia, pero no es consustancial con él. De ahí que el Sentido Orante advierta de la necesidad de aligerar nuestros protagonismos, nuestros personalismos. Que se aligeren, dejando de ser nuestros, propios. Que el ‘propietarismo’ mental se abra a la consciencia de Universo y, a poco que contemple la luz de la luna, a poco, se dará cuenta de la inutilidad de su posesión, de su propiedad…

Inutilidad en cuanto a que no le permite ensoñar, fantasear, complacerse en complacer. “Complacerse en complacer”. El juicio le devora, y piensa que juzgando y condenando se va a librar de los fantasmas de su egolatría. O va a someter a todo lo que acontece. Error. Error que le lleva al horror y al miedo del terror de no ser comprendido, aceptado, asumido...

Si –como decíamos en otro momento de Llamada Orante- “no soy de mí”; si tan solo asumo que habito en el Universo… 

Y aclarar muy bien, al decirlo, que no es lo mismo que habitar en la Tierra; porque de inmediato, cuando se habla de la Tierra como ser vivo, como Gaia, como tal y como cual... cada uno tiene su parcela; cada uno reclama su bosque, su selva, su desierto...; cada uno se siente “cuidador” de universos... y asume preponderancias...

En cambio, cuando nos presentamos como habitantes de Universo, nos diluimos, y nos podemos dar cuenta... –sin entender, la mayoría de las veces- nos podemos dar cuenta de que –cuando tomamos consciencia de que habitamos en el Universo-… nos podemos dar cuenta de que el protagonista, de que los protagonistas no somos nosotros ¡voilà!-; que estamos en una inmensidad inconcebible; que estamos en una eternidad insondable. Y todo ello sin comprender, sin entender... 

Y por eso precisamente, por no asumir el no entender, el no comprender, el no saber y aceptar la ignorancia como habitante de Universo..., eso es lo que nos incomoda.

El homo sapiens actual se siente conocedor, entendedor, y exige conocer, entender, saber. Lo exige. Se lo exige y lo exige a los demás. No deja ni una gota a la improvisación, a la creatividad, al caos. ¡No! Todo lo tiene que tener entendido, comprendido, atado, asegurado, dominado, controlado... 

Y se insiste, en la Llamada Orante: con un pequeño vestigio de tomar consciencia de que soy habitante de Universo, todas esas cadenas que enrollan y que esclavizan por su exigencia, por su dogmatismo, por su radicalismo, todas esas cadenas empiezan a debilitarse, empiezan a perder sentido. Empezamos a aligerarnos; empezamos a hacer, a sentir y a pensar según lo que necesitamos. Empezamos a gozarnos del gozo de los otros. Dejamos de exigir el trato que pensamos que nos deben dispensar. 

Esa importancia personal que demanda, que ¡exige!, le vuelve un continuo y amenazante y desquiciado –“continuo, amenazante y desquiciado”- ser, que con nada se contenta; que exige continuamente un mundo a su medida; que todo lo interpreta, en su egocentrismo, como maniobras contra él; que no soporta el humor; que no asume las diferencias, los distintos; que busca a los iguales, parecidos o semejantes, para sentirse seguro. Y así, claro, cualquier variable es un desquicie, es un despropósito. Su mundo ha quedado reducido a la urbanización de colegas, amigos y simpatizantes.

¡Ni siquiera el llamado mundo existe para él! Porque es perverso, es ¡malo! 

Hace de su cotidianidad un murmullo de bulos, de comentarios, de insinuaciones… ¡Nada que ver con lo liviano! ¡Nada que ver con lo libertario! ¡Nada que ver con lo inocente! ¡Nada que ver con lo dispuesto! 

La Llamada Orante nos quiere hacer crecer nuestras alas, nos quiere limar nuestras uñas; pretende darnos la naturaleza... volátil; pretende hacernos ¡sutiles, admirables, respetables!...

Pretende, la Llamada Orante, acrecentar nuestras inocencias, ¡nuestras capacidades de asombro!: el dejarnos sorprender, ¡el admirar a los que disfrutan!, ¡el admirar a los que sonríen felices!... 

Regocijarse en todo lo ajeno que suponga gozo, equilibrio, arte, disposición, ¡ternura!... Despojarse de la envidia de compararse con lo que tiene aquél o lo que tengo yo. Y adaptarse a la bondad interior, ¡innata! –“innata”- de cada ser. 

Y claro está: en esa medida, hacerse ¡inmune!... a la crítica, al consejo, a la advertencia, “a”, “a, a, a”...

Porque sí, sí ocurre que, cuando el ser está en un instante o momento de disfrute, de calma, de sosiego, en el mundo de hoy, eso parece ser ¡una ofensa!, y puede recibir todo tipo de insultos y de advertencias, claro. 

Pregunta: “¿Qué prefiere usted: un día de amor, de eternidad, o una vida de asfixia permanente?”.

Y he aquí que, efectivamente, el “a, a”… “a ver si…”“cuidado con…”, a ese, a ese ser –hombre o mujer-, que estaba complaciente, que estaba diligente, con tantas “a”... advertencias, se vuelve retraído, se vuelve escondido. Se siente pecador por no estar a la altura de la crítica, del ácido, de la rabia... ¡Se siente ignorante, de los malos! De esos que reniegan de ¡todo!, sin haber renegado de nada. Pero el “a, a, a...”, si no está alarmado y alertado, terminará con su aliento; lo convertirán y lo harán del clan de las “a, a, a… advertencias”, del clan de las prevenciones, ¡del clan de las seguridades!, ¡del clan del futuro!, del clan de “¡Ya te lo decía yo!”.

.- Si ya te dije yo, cuando tenías veinte años, que cuando llegaras a setenta tendrías el pelo blanco.

.- ¡Oh!, ¡sí! ¡Es verdad, es verdad! ¡Ya me lo decías tú!... ¡Qué clarividencia!

Y así son las advertencias de los que dicen quererte. Claro, te quieren... te quieren poseer; te quieren tener; te quieren llevar al redil de la ordenanza, de lo preceptivo, ¡de lo ordenado!...

¡Ay! Pero el Sentido Orante no... no puede consentir –y de ahí que el ser se deba sentir “orante”- no puede consentir –y de ahí que tenga que alertarse y alarmarse-, no puede consentir su propia evidencia de lo que vive, de lo que siente, y negarse a ello porque el “a, a, a, a”... advierte, avisa, ¡amenaza!... 

¡Amenaza, sí! 

Amenaza con aislarte; amenaza con acecharte; amenaza con todos los posibles perjuicios que te pueden acontecer.

Sí. Pero he aquí que, con el sonido de las bombas, mientras se bombardea a veinte kilómetros, los seres celebran un nacimiento o festejan un maridaje, o se prometen amor eterno, o se construyen una silla o una mesa… ¡Mientras las bombas suenan!, ¡mientras la metralla cae, llega!, mientras no hay aposento, ¡mientras no hay agua ni luz!, pero hay vela y cuentos... 

Sí; parecería mentira que eso ocurriera. ¡Pero ocurre! Es una manera dramática, cierto, de desposeer al ser, de las más mínimas seguridades y recursos. 

Y ante ello, el ser no sucumbe, no se cae. Se rebusca en sí mismo. Hace un salón en una ruina. Hace un torreón... en un descampado.

Pero, ciertamente, no hay que llegar a esas situaciones, aunque no se está exento de ellas. 

Y en consecuencia, hay que saber evaluar de lo que se dispone. Porque hoy comerás, pero aquel que en el Líbano está, en un campo de refugiados, no sabrá, ¡ni se planteará!, si comerá o no. Y hoy te lavarás porque agua tienes, pero aquél, en el campo de Bangladesh, sabe que ni se plantea... si podrá lavarse los pies o las manos. 

Sabes, ser, que hoy te vestirás y elegirás entre tus ropas. Allí, ¡allí!, en los campos de adiestramiento de China, no… no habrá ocasión para elegir. Te pondrán el mono de reconversión para que seas un buen comunista y aborrezcas el Islam como un deterioro mental y espiritual.

¡Sí! Y en tu hacer cotidiano, en el que laboras, en el que “compartes con”... ¡ay!, ¡evalúalo! ¡Evalúalo! Porque otros, en India, llamados “miserables”, “¡intocables!”, sonríen mientras lavan la ropa incesantemente, golpeándola contra las piedras a las orillas del Ganges. No pueden elegir investigar, leer, pasear, ir al parque… –¡al parque!- ir a caminar, hacer ejercicio, hacer “cardio”...

No. Esos no tendrán –¡esos millones!-… no tendrán esa oportunidad. ¡Aún así!, te mirarán con los ojos desorbitados; sonreirán. ¡Sonríen!

¡Y no es cuestión de comparar! Es cuestión de evaluar, de evaluarse, de valorar lo que la Providencia nos ha regalado y puesto. Que nadie se ganó el derecho de nacer en una familia acomodada europea. 

Y es así que el ser esclaviza a los desposeídos; controla a los miserables; abusa de los pobres; se hace rico con su labor. Y es así que, entre ellos, los aposentados establecen sus reinados, sus normas y costumbres, y todo aquel que quiera liberarse de esa... ¡opresión!, es perseguido, criticado. Y es así como el ser humano de hoy establece sus regias posiciones. ¡Es así como sale en primera página del diario!, que la reina Isabel de Inglaterra llama a reunirse a toda la familia, para ver qué pasa con esos desviados que están haciendo cosas raras dentro de su familia. Primera página. 

¿O debemos inclinarnos, debemos preocuparnos también porque el príncipe… el heredero, la heredera, ha despertado el temor de la reina Isabel de Inglaterra? Por ejemplo.

El caso es que el ser, a fuerza de mirarse a sí mismo, empieza con él mismo su esclavitud, arrogándose el derecho de imponer sus criterios al entorno, y así establecer una lucha y una demanda y guerra continua. 

¡Ay! Que no hay día en el que no transcurra una queja... un lamento… una pena... 

¡Ja! Si solo fuera una... 

Cuando un vestigio de Universo se ciñe sobre el ser, se siente en esa vibración. Aprecia su condición. Se hace exultante en su existencia. Valora su entorno con ¡emoción! Se hace eco... de dolores ajenos, pero sabe en su interior que somos seres capacitados, ‘capacitantes’ y capacitadores, de eliminar ese dolor. 

Y sabernos cuidados por la Oración, en la que se nos ¡reclama!... nuestra posición de Universo, ¡con el aval de la Eternidad!, ¡con el aval de la Providencia!, ¡con el aval del Eterno Amante!, ¡con el aval –con el aval- de lo disponible! Todo.

El sentirnos avalados y ¡alabados! –avalados y alabados- por la Creación –y es así, porque si no, no existiríamos-; el sentir el palpitar y el emocionante y ¡emotivo instante!... de una sonrisa amorosa, de una mirada complaciente, ¿no es acaso suficiente aliciente para ir más allá, para aligerar la carga de la incongruencia, para evaluar las calidades en las que se está...?

  

Y vi a lo lejos... tan cerca que me sentí universo.

Y vi a lo lejos... –y vi a los lejos- tan dentro... que me sentí lejos.

Y vi a lo lejos... ¡tan allí!... que ya no estaba aquí.

Y vi... y vi... y vi...

***

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