La Llamada Orante: el latido del milagro permanente

 

Y los procesos de vida y de vivir, se fueron gestando en progresivas reuniones, comuniones, fusiones, cercanías…

Y así, la vida –entre otras cosas- se fue haciendo “grande”. 

Cada ser, al compartir, se convertía en otro ser. Como la manada de pájaros cuando forman una imagen: no es por el lujo de quedar bien, sino por la elegancia de mostrarse como una nueva formación. Esto hace que, a quien lo vea, le parezca otra cosa, y no una manada de pájaros.

Lo mismo ocurre con determinados peces, que generan formaciones que impresionan.

La comunión de intereses –pero intereses de necesidad, de atracción- gesta nuevas formas, nuevas perspectivas.

Esto hizo, en la comunidad humana, que se gestaran imperios. Había “una comunión de”...

Y cuando éstos se hacían muy poderosos, y no admitían más gestiones que las suyas, los que no eran partidarios recurrían a la división. De ahí seguramente la frase de “Divide y vencerás”.

Si se coge por ejemplo un cuerpo social, y se lo divide, se lo fracciona, se lo secciona, se lo recluye… ¿qué fuerza puede generar ese cuerpo fraccionado, fracturado separado, dividido, secuestrado?

Si no se hubieran integrado los componentes –¡tan diversos!- de lo que llamamos “materia”, la vida, como la percibimos en su biodiversidad, jamás se hubiera producido. Unos elementos se integran con otros y con otros, y se hacen comuniones complejas, muy complejas. Y al hacerse curiosas… y balbucear en su Universo, descubren que esa integración las hace grandes, y aumentan sus capacidades.

Y al ver un poco más hacia el exterior, comprobamos que esa capacidad integrativa de comunión, de conjunción, se nos ofrece en ese Cosmos-Universo, incomparable, sin duda, con nuestro pequeño núcleo de vida. Pero… ni una sola partícula desobedece su integración en un conjunto de complejas y complejas comuniones de luces y oscuridades.

En los tiempos en los que la consciencia de humanidad conocía una versión simple –sí, simple- del acontecer, cualquier variable y sorpresa o imprevisto que sucediera, era atribuible a los dioses. 

Había que… ¿crear?

No. El hombre no crea. ‘Creativiza’ y procrea. 

Pero se gestaron las imágenes –imágenes, además- de –¿”responsables”?-... responsables, castigadores, premiadores… Todo ello constituía una “voluntad de Dios”. 

Y he aquí que eso que parecía indisoluble se fue fraccionando. El progresivo ‘conoci-miento’ de los procesos, y su interpretación interesada, manejable y beneficiosa tan solo para la especie humanidad, hizo que esta especie se fracturara, se separara, se fraccionara del resto de las biodiversidades. Se convirtió en lo que antes adoraba –a dioses, imágenes…- y se hizo poderoso.

Sí. En alguna medida, como lo que imaginaba que ocurría antes. Se endiosó, se configuró, y sometió a todo lo que iba encontrando. 

Y así se separó –por autosuficiente, por egolatría, por idolatría hacia sí mismo- de la Creación. Parece un salto muy brusco. Y, en tiempo, no hace mucho que ocurrió. Al menos en historia. Quizás en torno a mediados del siglo XIX. Y apenas si estamos en el XXI –comenzando-. Pero la vertiginosa auto-escucha y autoestima, exigente ante el entorno y ante la propia especie, desfiguró, decapitó cualquier otra influencia que no fuera la suya.

Dio –como especie- finalizada la etapa divina, y dio comienzo a la etapa humana.

Queda una pregunta en esta historia: 

¿Realmente, la necesidad de comunión con “algo” era producto de su ignorancia de lo que “sabe” –entre comillas- ahora? ¿O era –o es- una comunión “vital” de llamada, de contacto?

Sí. Lo más fácil –desde la óptica actual- es decir que, ciertamente, nuestra ignorancia nos hizo creer en figuras, imágenes, hipótesis… Pero ocurrió y ocurre que ese método de suplantar, esa manera de hegemonizarse como especie sobre todas las demás, deteriora, esclaviza, castiga, envidia, condena… 

Lo que parecía un paso adelante en el ‘conoci-miento’, se convirtió en una infinita guerra de dioses ficticios, hasta llegar al combate personal con uno mismo. Y, obviamente, con los más cercanos.

Los nuevos dioses se dividieron y combatieron. Y combaten. Se enfrentan diariamente a sus designios, a sus propuestas, a sus seguridades, a sus castigos, a sus miedos, a sus desesperos, a sus imposiciones –a las que reciben y a las que dan, ¡por supuesto!-.

Se desintegra. Deja de conectarse, de hacerse comunión, de hacerse vida. Parece haber olvidado todo el proceso que le llevó a ser lo que es, hasta el momento en que decidió ser otra cosa; la que es hoy en día: un disrruptor de vida; un interferente permanente hacia sí mismo y hacia el entorno; un sordo emocional, perceptivo, sensitivo… que, imbuido en su enroscado criterio, termina por devorarse a sí mismo.

¡Ay! Y a la vez, en todo ese proceso, se le fue llamando y llamando. Y sí, diversos conglomerados de religiones recogieron en alguna medida esas llamadas, pero las hicieron suyas para imponer, para moralizar, para ordenar, para pecaminizar.

Y no, no desaparecieron esas instancias; se aminoraron, se menguaron, se vendieron. En el nuevo mundo en el que todo se compra y se vende, los mensajes sagrados se adulteraron, se adulteran y se interpretan según la compra y venta.

Pero es curioso: a lo largo de toda esa cadena de esclavitud, no se llegó a perder del todo esa sensación de estar religado, de estar relacionado, de estar en sintonía, al menos, con algo más que uno mismo, o que otros y otros.

El Sentido, la Llamada Orante, se hace eco de esa sintonía. Es la emisora que emite una visión, una percepción, un conjunto de interpretaciones como las que hemos escuchado. Pero que nos pone en evidencia, además, que… por mucho que el ser insista en su dominio de poder, cuando el deterioro le carcome –¡ay!-… despierta a la sintonía. Sí, despierta a la sintonía de Lo Que Llama. 

Quizás se podría decir que “demasiado tarde”. Para el hombre, sí. Para la Creación no hay “tarde”, no hay “pronto”.

El Sentido Orante nos muestra cómo, sin interferir en nuestras hegemonías, ahí está el latido del milagro permanente. Ahí está la voz que clama en el desierto. Ahí está la envoltura que hace posible la vida. 

“Ahí está la envoltura que hace posible la vida”.

Y no es difícil ver el deterioro conseguido…

Y los miedos gestados…

¿¡Cómo podía ser que Dios, que los dioses, tuvieran miedo!?

La Llamada Orante nos… activa. Sí. Activa cada poro de nuestro perplejo recubrimiento –piel-. Hace de cada uno de ellos un receptor que capta una emisión que, a través de hilos sutiles, se une a un emisor misterioso, creador. Y así, con infinitos filamentos, nos hacemos comunión, nos hacemos vida de percepción y de perfección hacia lo impecable, lo excepcional; hacia la comunión con esa naturaleza de filamentos, que son amores sin renta, sin exigencia: se nos dan… como infinita generosidad. Y así nos hacemos cuerpo de comunión con la Creación. Y así replicamos en el amor hacia todo, hacia todos. Y así priorizamos y seleccionamos lo que nos corresponde… y lo ofrecemos a la comunión con los infinitos aspectos de la vida.

Disueltos y fundidos a la vez, hace, cada ser, un Misterio en la comunión con la Creación, y se hace testimonio con los otros, con todo. 

Con todo.

***

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