La vida no se instaura para ganar algo

 

Y simultáneamente, mientras la hoja de otoño se mece hacia el suelo, en otra parte de este lugar de este universo –simultáneamente, a la vez- brota… pareciera que la misma hoja que cayó, que hubiera atravesado el interior de nuestras tierras hasta hacerse nueva aquí, y luego volverse a caer por estos lares, y volver a reverdecer allí.

Simultáneamente, todo transcurre como si –quizás sea así- todos, todo llevara un mismo camino, y nada se pudiera realizar sin el concurso del otro, de los otros.

Pero la humanidad, en su desarrollo, ha ido trepando, ganando, recogiendo, almacenando… Y mientras esto hacía, simultáneamente no cuidaba, no consolaba, no sonreía, no descansaba, no aplaudía. Todo era el logro, la posesión, el dominio, el control, el poder. Y simultáneamente, no había otra cosa. Había que sumar y sumar, y enseguida multiplicar y multiplicar y multiplicar…

Una absolutismo despavorido se precipitaba, como si desde el primer momento fuera el final del mundo: “comamos antes de que se acabe”“lleguemos antes de salir”“consigamos antes lo que aún no hace falta”,“consumamos por si luego no hay más”

Y lo simultáneo no estaba. Y he aquí que cuando las cosas no eran lo que se esperaba, el ser acudía al templo a suplicarle a los dioses sus logros –los que él había conseguido, ¡y más!-; a que le aliviaran los dramas y las tragedias.

¡Ay! Parecía que era imposible llevar el templo a cuestas, como el caracol que se desliza, sin peso. Porque, en proporción, no podría hacerlo.

¡Ay! Pero se eligió la batuta de conseguir esto, luego aquello, luego lo otro, luego –si había tiempo- aquello otro. Aunque nuestro ser reclamaba… –claro- reclamaba también, a la vez, simultáneamente, sonidos, colores, sensaciones… Pero la prioridad de los logros predominaba.

Y así fue avanzando, avanzando… –¿avanzando?-. Así fue transcurriendo la humanidad: dándose cuenta de lo que dejaba, sí, pero priorizando lo que interesaba; huyendo de lo incómodo… 

Lo importante era –y son- las ganancias.

Hasta que… –¡ah!- hasta que, de repente, como en una mala jugada de ruleta… todo se pierde.

Y aquí nos advierte el Sentido Orante: y cuando todo se pierde… –todo-, la consciencia está; que es la que nos advierte, no ya de que todo se pierde, nos advierte de que no hemos ganado, nunca, ¡nada! O mejor dicho: no hemos ganado, nunca, “algo”.

Pero no. Al despreciar lo simultáneo –con el afán de ganar- hemos deteriorado la montaña, el valle, los ríos, el subsuelo, el aire… Hemos apagado el canto de los pájaros. Hemos tiznado los pequeños brotes del verde. ¡Hemos ido quitando importancia e importancia a tanto y tanto!... y nos hemos quedado con lo importante. 

¿Y ahora? Y ahora, cuando llega un momento en el que todo se ha perdido, ¿cuál es la respuesta?

El Sentido Orante nos advierte, desde la consciencia, de que “nada, no”: nunca se ha ganado algoHa sido un espejismo egoísta, soberbio y vanidoso.

La vida no se instaura para ganar algo. Se instaura para transcurrir complacientemente en una contemplación permanente, con una interacción gozosa, simultánea.

Parece muy difícil de asumir.

Parece, hoy, imposible de ejercitar. Pero precisamente hoy, viendo cómo la hoja de otoño se hace primavera, y cómo la primavera se otoñiza, podría escucharse la Sugerencia Orante de que “no hay algo que ganar”, “no hay algo que conseguir”, sino que, al tomar consciencia de que “todo se perdió”, ¡el camino no es volver a repetir la misma… se diría “hazaña”, ¿verdad? Pero no es hazaña ahora, como lo estamos viviendo ahora mismo como Oración. No es hazaña. Sería, “repetir la misma torpeza”.

Sin el proyecto de ganar, sin el proyecto de tener, sin el proyecto de alcanzar, sino con la consciencia de seguir, de estar, de ¡simultanear!…

¿Acaso el tamborero, cuando percute su tambor, hace lo mismo con la mano derecha que con la izquierda? No. Pero la izquierda sabe lo que hace la derecha; y la derecha, lo que hace la izquierda. Mientras, siente y escucha a la vez.

Los ejemplos pueden ser interminables. Lo sorprendente es que, ante tantos ejemplos, se haya optado por el logro, el adquirir, el poseer; el no saber servir; el no saber servirse de lo que surge, de lo que aparece. Porque simultáneamente hay que servir y dejarse servir.

Y es así como aprendemos a transcurrir. Un aprender que ya está escrito, porque a la vez que respiramos y nuestro corazón late, simultáneamente masticamos; y cuando paramos podemos hablar, y a la vez sentimos, y simultáneamente pensamos. 

Nuestra naturaleza física no descansa. 

Su objetivo no es descansar, es permanecer, ¡amplificarse!expandirse indefinidamente. Pero no en pos del logro, sino por la propia naturaleza. ¡Por la propia necesidad que muestra el Universo!, en permanente expansión.

Y así podemos contemplar –desde el obligado confinamiento- la gran oportunidad de, al ver todo perdido y nada ganado, hacer el equilibrio de consciencia de descubrirse en la dimensión simultánea de “un servidor complaciente” y –simultáneamente- de “un aceptador de servicio”, como la primavera y el otoño simultáneos.

Y es así como la consciencia hará de guía de transcurso, de guía de simultánea disposición… capaz de disolver la esclavitud del tiempo, y escuchar el eco Orante –“y escuchar el eco Orante”- que nos reclama otra disposición; otra, que es la que es naturaleza del ser: que nada desdeña, que todo prioriza. Y se sabe disponible, y sabe asumir con ahínco necesidades, pero no por ello descuida su sonrisa, su oración, su consciencia de permanencia por la Gracia de la Creación.

¡Y sentirse agraciado a la hora de hacer! –que es como nacer-. Y sentirse congratulado en el instante de dar… ¡o de recibir!

Esta encrucijada nos reclama ese salto. Y a lo largo del transcurrir de la especie ha habido varios reclamos, ¡quizás muchos!, parciales, pequeños, grandes, medianos… Y el hombre ha vuelto a repetir la reconstrucción, ha vuelto a repetir la Bolsa, los cambios, la productividad, y se ha vuelto a sentir orgulloso de alcanzar lo de antes, o más.

Y los avisos se han repetido en forma de guerras, pestes, cóleras, terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas… Todo, desde el Sentido Orante, como un aviso, como una llamada, como una nueva oportunidad. Y quizás por eso se repite y se repite el cataclismo parcial o total, como si el Universo reclamara nuestra verdadera identidad, que ha quedado solapada por el egoísmo personal.

Si el gozo del brote de primavera no anula el ocre de la hoja de otoño, recogeremos a la vez el copo de nieve de invierno y el sudor gratificante del verano.

Y en esa simultánea percepción, podremos establecer una complacencia en cada transcurso; sabiendo, cada vez… –¡que ha de ser continuo!- cada vez que en consciencia nos complacemos, sabiendo que ha sido “una Gracia”. Sentir que la Gracia nos acompaña. 

El hilo del Gran Titiritero… se mueve. El Misterio Creador alienta y nos lleva hacia su Presencia.

Pero, aunque pudiera parecer que es un viaje al que se llegará, nos advierte, ¡precisamente por existir la Oración, que estamos ante su presencia.

Pero el despertar hacia ello se hace complejo, porque reclaman las raíces de la potencia, de la habilidad, del conocimiento. Y de nuevo aparece el fantasma del llegar, alcanzar, lograr, conseguir.

Cada vez que nos llaman a orar, ahí está la presencia; ahí está el momento de contemplar; ahí hemos llegado. Pero a la vez seguimos, porque no hay llegada, hay permanencia.

Y así, en la medida en que contemplamos todos los aconteceres, desde los más pequeños detalles hasta los que consideramos grandes, resulta que no hay pequeños ni grandes, sino que hay simultáneos detalles que nos llevan “en andas”…, como volando: haciéndonos reclamos, las flores, cuando pasamos a su alrededor; las ramas, cuando las eludimos; la arena, cuando la pisamos; el azul, cuando contemplamos. 

Todo es un reclamo simultáneo para sentirnos consciencia de Universo… en viaje hacia la contemplación infinita ¡en la que ya estamos!

Pero en consciencia no se apercibe, porque no se valora lo que hay; porque el ser se derrumba en sus críticas, en sus protestas, en sus desagrados, en sus recogidos ¡reclamos!… y no acaba de ver que es viento, es aliento…

Le contemplan y contempla.

Estar en esa vibración, en esta vibración Orante, nos dará el impulso de las consciencias ¡que ya están!, pero… reprimidas, abolidas y escondidas se encuentran, porque una se hizo preponderante.

Hay… una oportunidad más… para entenderlo.

Sí.

***

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