Amando es cuando nuestra naturaleza alcanza su virtud

 

Y así, en la medida en que se produce la pérdida de lo llamado “material”, se insinúa la ganancia de la habilidad de lo anímico e incluso de “lo espiritual”, como si ya estuviera, la consciencia de humanidad, dividida entre materia y no-materia, entre espíritu y materia… Un concepto que pudiera parecer terminado. No es así.

Esa dualidad aparente, se puede apreciar su insolvencia justamente cuando alguna de ellas dos parece apagarse o parece aminorarse.

La semilla del árbol es diminuta. Su oscuridad en la tierra no se percibe. Su simbiosis con el agua no se nota. Y cuando brota… –¡ay!- es incipiente, y parece que no tiene significado especial. Cuando crece... y llega a hacerse árbol, pareciera que es otra cosa diferente a la semilla que se plantó. Pero cuando se gestan las nuevas semillas desde el árbol, cabe preguntarse:

“¿Hubo alguna vez dos? ¿O simplemente hubo un transcurrir transformado?”.

El Sentido Orante nos llama a unificarnos; nos llama, desde la adversidad no solamente dual, a descubrirnos como una sola entidad: la vida.

Un Misterio… Un Misterio Creador, singular –“singular”-… que no reclama, puesto que su origen desde el Misterio Creador… lo sitúa fuera del conocer humano. 

Nuestro conocer, aunque busca la profundidad del aspecto, no deja de ser superficial, no deja de ser virtual, ya que nuestra capacidad cognitiva no tiene recursos para situarse en esa universalidad.

Nuestra capacidad cognitiva, no, pero sí nuestros sensores sensitivos, sentidos, sensibles, que se hacen sentires, emociones, amores.

Cuando se está en el roce de la experiencia, de la vivencia amorosa, ni la pluralidad –“ni la pluralidad”- ni la dualidad se hacen presentes. Se ve otra dimensión. Porque la capacidad de la consciencia se hace un remolino que todo lo abarca, pero nada lo explica. ¡No lo precisa!...

Cuando nuestro nivel de amar… se escenifica, se absolutiza y se referencia en el Misterio Creador, al ser así –al ser así- y reconociendo al menos nuestra procedencia de ese Amar Eterno, estaremos al menos en la vibración de que, justo amando, es cuando nuestra naturaleza alcanza su virtud

Y es capaz de recoger el grano, de labrar la tierra, de artesanear la madera… y encontrar en todo ello el aliento de amor; y en consecuencia, disolver lo ganado, lo perdido, lo material, lo inmaterial…

Sí. Ciertamente, por momentos puede parecer un cuento de hadas. Por momentos. Pero justo en estos momentos de Llamada Orante, no es un cuento. Es lo que verdaderamente es. Es lo que verdaderamente somos. Y es cuando verdaderamente ejercemos como tales: cuando amamos.

Así que si cogiéramos incluso esa frase ya manida de que “esto está hecho con mucho amor”, y ciertamente lo fuera, estaríamos sin consciencia de pérdida, estaríamos sin la avaricia de la ganancia, estaríamos sin el miedo a perder… o la alarma a ser desposeídos.

Ahora que nos confinan como materia, en la materia y por la materia, el Sentido Orante nos reclama y nos reclama y nos reclama… el llamado hacia ese Amor Amante que la Creación establece con sus criaturas.

¿Y no será, todo este vivir actual, una treta universal –por encima de los que se sientan protagonistas- para que el ser haga una conversión de su dualidad o pluralidad, en una absoluta fusión en la consciencia de amar?

Decían –o dice el dicho- que “Dios escribe torcido en renglones rectos”. Es lo que se puede decir “el colmo de los colmos de lo conspiranoico”.

El vivir evoluciona progresivamente hacia “el saber” –entre comillas- de nuestras funciones, nuestras capacidades, nuestras posibilidades, nuestros logros, nuestra tecnología, nuestra ciencia.

Ahí, en ese sentido, parece no tenerlo –sentido- lo inmaterial, lo adornado, lo figurado.

No se da cuenta, el que escarba en lo que llama “material”, el que describe cómo son sus procesos, el que suma, resta y multiplica y no le salen las cuentas…, no se da cuenta de que todo ello, bajo la óptica de lo concreto, es virtual. Ha sido una percepción guiada por la posesión, la que ha generado la humanidad para sentirse dueña, sentirse prepotente. Y basta un estornudo de su conocimiento, ¡de su propio conocimiento!, para que todo se conturbe… y salgan los lamentos, las exigencias, los desesperos.

Era virtual la seguridad, ¿verdad? Era tan virtual, que un estornudo a destiempo, incalculado, imprevisto, paraliza la materialidad y hace aflorar lo animoso, el ánima; hace aflorar la imaginación, la fantasía, la elucubración.

Puede ser un excelente momento para despegar hacia El Amar. 

También puede ser un trágico momento para el desespero de violencia, de destrucción.

Y pareciera que otra vez se presenta esa dualidad. Pero de nuevo vuelve a ser ficticia. Esa sensación de desespero, de violencia, no es ni más ni menos que un aliento del alma, que, al desestructurarse en sus conquistas, adopta la forma de angustia, temor, lágrimas… 

Al darse cuenta de ello, el ser debe despertar a esa consciencia de Amar, como la verdadera evidencia: la que le da la carta de naturaleza al vivir, al vivir humano.

El ejercicio de la Piedad, hacía sí mismo primero, y de la Piedad hacia el entorno de lo humano, es quizás una de las primeras manifestaciones que nos acerca a la sensibilidad de amar. 

Pareciera que la Piedad es pérdida, es abatimiento, es… inferioridad. Nos la han mostrado como algo ligado a la muerte, al pecado, al fracaso… 

Y es el primer paso para sentirse amado y para percibirse amando.

Porque la Piedad no es perdón; es caricia.

Porque la Piedad no es temor…; es comprensión.

Porque la Piedad no es pérdida…; es ternura.

Porque la Piedad no es… llanto; es sonrisa.

Porque la Piedad no es muerte; es vida de eternidad.

Porque la Piedad no es vanidad, no es soberbia, no es orgullo, no es egolatría ni idolatría.

Porque la Piedad es condescender… sin perder sensibilidad, acrecentándose en recoger ese embozo de calor para gestar la vida, ese Auxilio permanente… Piedad.

¿Qué es… qué es, si no, lo que tiene todo el entorno, toda nuestra naturaleza, todo el Universo, hacia el ser de humanidad? ¿Qué es lo que tiene? ¿Qué es lo que hace? ¿Qué es lo que ejerce?: ¡Piedad! Si no fuera por ella, nunca habríamos respirado.

Y al sentirnos piadosos…

Que no es sentirnos pedigüeños ni sentirnos servidumbre. Es más bien sentirnos en la humildad, en la sumisión ante la Creación. Es, más bien, un aleluya ante nuestra presencia, ante nuestras evidencias de sentirnos, de acercarnos, de hablarnos, de vernos…

Y al sentir que estamos por la Piedad –“y al sentir que estamos por la piedad”-, y al apiadarnos de nosotros mismos bajo la naturaleza en la que se ha descrito la Piedad, ¿a qué, a quién hay que temer? ¿De qué o de quién hay que huir?

 

Y al darnos pie a darnos, con la sensibilidad de sabernos instantes de Piedad, expresión de un Amar Eterno… de seguro que, en algunos momentos de ese darse, de ese “dar pie a darse”, la naturaleza de esa entrega se hace amante. 

Y con ello, Piedad.

Y con ello, disolución de dualidades… e integración de unidades.

Es de advertir que en el ejercicio de ese primer paso hacia la Piedad, dado que el entorno es –en su mayoría y habitualmente- ganador, ‘conseguidor’, ‘logrador’… es fácil la aparición del abuso. Así: “abuso”.

Cuando se permite que se abuse de nuestra piedad, cuando lo permitimos y no somos rigurosos, estamos siendo pasto de consumo; pasamos a ser gratificaciones del momento, fáciles presas del que busca ganar, reconquistar, lograr conseguir…

¿Acaso no es rigurosa la Providencia… en su infinita generosidad?

Permitir el abuso de nuestra piedad, de nuestro primer pie hacia el que da, permitirlo es “perderse”. Es dar la opción a los otros, al otro, de la carcajada, de la ofensa, del aprovechamiento.

El respeto hacia el Amar, en los primeros pasos con la Piedad, debe ser ¡pulcro!, ¡exigente!, impecable, luminoso, sorprendente, apasionante.

No teme, pero no permite el deterioro.

¡Que la Piedad no sirva y no sea un vehículo de placer para el que demanda!… 

¡Cuidado!

¡Ten Piedad!

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